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Señor Jesús: En el pan y vino entregado por ti en la cena pascual, nos entregaste tu Cuerpo y tu Sangre para estar con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo antes de subir a una cruz de infamia. 
Este pan y este vino es nuestro viático como caminantes hacia la tierra y el cielo nuevo. Tu pueblo de Israel vivía como esclavo en Egipto y Dios decidió liberarlo. Un día les mandó sacrificar un cordero por familia y comerlo, para poder iniciar con fuerzas la gran marcha por el desierto. Les mandó, también que marcasen sus puertas con la sangre del cordero, para que el ángel del Señor no matara a sus primogénitos, como iba a hacer con los primogénitos de los egipcios. Ese fue, pues, el cordero de la liberación y de la vida. Tí, Señor Jesús, también instituiste la Eucaristía cuando los judíos se disponían a celebrar la Pascua --fiesta anual que recordaba la liberación--, y entregaste tu vida en la Cruz cuando todas las familias judías estaban matando los corderos para la cena pascual. Con eso quisiste decirnos que tu eres el Cordero que, con tu muerte, nos da la verdadera libertad y la vida definitiva. Y la Eucaristía es la cena pascual auténtica, el maná que libera y vivifica. La Eucaristía es el alimento definitivo que, día a día, nos fortalece en nuestro caminar hacia el Padre. Señor Jesús: Nosotros vamos caminando por la vida acosados por las dificultades; nos cansamos y desfallecemos, pero tu pan eucarístico nos da fuerza para seguir caminando hasta el encuentro con nuestro Padre. Que nuestras calles y plazas sean una prolongación de nuestros corazones y nuestras vidas te acompañen Cristo eucarístico, en tu camino por el mundo entero. Cristo, Jesús: Danos tu Espíritu Santo para que nos ayude a testificarte fielmente, con obras y palabras, día tras día, por los caminos de nuestra vida. Amén.
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