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-de la brisa de Pentecostés al silencio adorante del Corpus- Por Jesús Antonio Hermosilla García, misionero en Venezuela Al escribir estas líneas llega a mi memoria el olor del cantueso y el romero de la Alcarria y el sonido rumoroso de las hojas de los chopos del arroyo, mientras el Santísimo, “el Señor”, camina por las calles del pueblo semivacío. Vamos lentamente porque sólo los dos niños que portan los ciriales y el joven sacerdote pueden caminar ligero, los demás se ayudan del bastón o la garrota y, más que la procesión, saborean el recuerdo del “Día del Señor” de otros tiempos, cuando se hacían tantos altares y se adornaban las calles.

Pero lo mejor para mí ha sucedido durante la noche. Por la tarde celebré ya el Corpus en el pueblo vecino y me he quedado aquí hasta mañana. He venido caminando, mientras rezaba el rosario y contemplaba el verde prometedor de las cebadas y los trigos. El templo parroquial todavía conserva el frescor del invierno pero ya no es el frío de los meses de diciembre y enero. Como un vecino más de la aldea, Él sigue en el sagrario y seguirá hasta que el pueblo quede totalmente vacío. Con El he pasado la noche. Lo he puesto sobre el altar en la custodia de plata dorada en la que mañana saldrá en procesión por las calles. En el silencio de la noche hemos estado solos. Con nosotros han estado también ellos pues, como dice el himno, “no vengo a la soledad cuando vengo a la oración”. Silencio, canto, oración en lenguas, silencio. Arrodillado, postrado, sentado sobre los pies… Con los ojos clavados en la Hostia santa, intentando penetrar, por la llaga del costado, en el corazón del Jesús Resucitado. Con los ojos cerrados para ver más allá de lo visible y contemplar con la mirada interior al Amor de los amores. Quiero adorarte, le digo. No sé cómo hacerlo. Ante ti veo los ídolos con los que todavía adultero. No sé qué hacer para darte gloria y dejar de rendirme culto a mí mismo. Quisiera ser otro tú para vivir desegocentrado y rendirme enteramente a Ti y al Padre. Del centro de esa custodia centenaria salen rayos de Espíritu, “lenguas de fuego y viento huracanado”, manan ríos de vida y olas de esperanza. A veces casi no soporto tu silencio. Se resiste el sentido. Quisiera sentir, ver, oír, tocar… Sólo la fe alcanza a intuir tu Realidad, tu Presencia, tu Gloria, el Amor. Todo es tan paradójico. Hay momentos donde quisiera, como el poeta místico, que se rompa ya la tela del dulce encuentro para poder verte y saber de verdad adorarte. Pero aún no me siento preparado; es más, cuando estoy en adoración ante Ti es cuando más indigno me veo. Mientras se acerca el día, permíteme seguir adorándote, aunque sea tan toscamente, Amado del alma.
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