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Habría que retomar el Evangelio de la Misa del día de Pentecostés (Jn 20, 19 -23) para entender la palabra “misión” y acogerla.. Jesús viene de la muerte, la ha vencido, ha resucitado. Esta es ya la Buena noticia para todos. La única. De ella vivirá y se alimentará la Humanidad Nueva hasta el final de los tiempos.

Se aparece a sus amigos, a los discípulos. Rompe sus miedos y sus temores. Les devuelve la alegría y les regala la paz. Y en este contexto, sin tiempo para la espera, sin actos intermedios, sin margen para cálculos vanos e inútiles, suena fuerte, clara e incisiva su Palabra: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Id, comunicad las maravillas que estáis viendo y oyendo. “Yo estaré con vosotros...” Así de simple y así de sencillo. La Buena Nueva debe oírse hasta los últimos rincones del mundo. Cumplir este encargo, esta misión , dio sentido a la primitiva iglesia. y ha dado sentido a la iglesia de todos los tiempos. Desde ahí deberá construirse el mundo y la tierra nuevos iniciados en la Encarnación, y desde ahí también todo cristiano iniciará su andadura y cumplirá el encargo propio de su vocación de enviado. Hoy, aquí y ahora, nos urge, nos apremia la misión. No hay motivos, ni excusas, ni matices para dejar de escuchar y seguir el mandato. Desde el día de nuestro bautismo llevamos marcado en nuestra frente y en nuestro corazón el envío, porque el mundo sigue y seguirá esperando la verdad, la alegría y la paz. “No es nuestra hora, es la hora de los laicos”, me decía, no hace mucho, una buena amiga religiosa de clausura, entre convencida y resignada. Pienso que esta es la gran tentación y el gran error que ha vivido una parte importante de la Iglesia de todos los tiempos: creer que es la hora del “otro”. Esta es, como debería haber sido siempre, la hora de TODOS. Es el tiempo del trabajo unánime, comunitario y fraternal. Nunca ha sobrado nadie en la construcción del Reino: no sobraron los primeros pescadores ni han sobrado las grandes figuras que han surgido en medio de la historia, ni la ingente multitud de creyentes anónimos o casi desconocidos, desde que sintieron la llamada y la siguieron con fidelidad. Estamos en el momento del testimonio firme y decidido, de la audacia a la hora de afrontar nuevos retos, de iniciativas luminosas y atrayentes. Estamos en el momento de argumentos veraces y sólidos para descubrir nuevos caminos y de convicciones profundas, fruto de no menos profundas experiencias. Y sobre todo estamos en el momento de la FE fuerte y firme en el Resucitado. Como Pablo o Francisco de Javier, como Teresa de Lisieux o Juan Pablo II.... Y como tantos hombres y mujeres de hoy, conocidos o no, que desde la situación concreta en que les ha tocado vivir, van marcando sendas de resurrección y de vida. No son tiempos para la vulgaridad o las medias tintas. Cada uno deberemos descubrir el “cómo” de nuestra misión.. Nos tocará gritar y callar, edificar y derribar, reír y llorar, caminar y descansar. Y sobre todo rezar y amar. Pero nunca echar la mirada atrás y, menos, abandonar. Cambiará el contexto, cambiarán las formas y las estructuras, cambiará, en una palabra, la historia. Pero nunca cambiará, no puede cambiar, el mensaje a transmitir: Jesús ha resucitado. Es el Señor. Vive en medio de nosotros y con nosotros estará hasta el fin del mundo. La eficacia de la Misión esta garantizada.
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