|
La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, cumpliendo la voluntad del Padre, no solamente se ha encarnado y derramado hasta la última gota de su sangre por todos nosotros, sino que, bajo las especies del Pan y del Vino, se nos ha dado como alimento para que tengamos vida y vida eterna. 
Dios, por amor, creó al hombre a imagen suya, al apartarse este, por el pecado, de su imagen, Dios se hizo uno de nosotros, para mostrarnos la Luz verdadera, el Camino, la Verdad, la Vida. Pero su amor le llevó a dar un paso más, le llevó a instituir la Eucaristía para alimentar nuestro ser, para nutrir nuestro espíritu, para transformarnos, para vivir en nosotros, para llenarnos de Él y podamos llegar a decir, como Pablo, “ No soy yo que vivo es Cristo que vive en mi”. La Eucaristía no es una celebración de, más o menos, media hora. La Eucaristía continúa presente en nosotros haciéndonos transparencia de Cristo en el servicio, en la entrega, en el dar la mano al hermano; sin hacer ningún tipo de diferencia, simplemente transmitiendo al Señor con el don de nosotros mismos, con generosidad y procurando que sea sin reservas, ya que cualquier tipo de reserva es retirar la mano y dar la espalda. Que no nos engañe la presencia incómoda o la actitud negativa de aquel al que queremos y debemos darnos. El Señor no hizo acepción de personas, no le apartemos efectuándola nosotros.
|