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Lunes 17 de junio de 2002 Amadísimos hermanos
y hermanas:
1. Es una gran alegría
encontrarme de nuevo con vosotros, al día siguiente de la solemne canonización
del humilde capuchino de San Giovanni Rotondo. Os saludo con afecto, queridos
peregrinos y devotos que habéis venido a Roma en gran número para esta singular
circunstancia.
Dirijo mi saludo
ante todo a los obispos presentes, a los sacerdotes y a los religiosos. Un
recuerdo especial para los queridos frailes capuchinos que, en comunión con
toda la Iglesia, alaban y dan gracias al Señor por las maravillas que realizó
en este ejemplar hermano suyo. El padre Pío es un auténtico modelo de
espiritualidad y de humanidad, dos características peculiares de la tradición
franciscana y capuchina.
Saludo a los
miembros de los "Grupos de oración Padre Pío" y a los representantes
de la familia de la "Casa de alivio del sufrimiento", gran obra para
la curación y la asistencia de los enfermos, nacida de la caridad del nuevo
santo. Os abrazo a vosotros, queridos peregrinos que provenís de la noble
tierra donde nació el padre Pío, de las demás regiones de Italia y de todas las
partes del mundo. Con vuestra presencia testimoniáis la amplia difusión que han
tenido en la Iglesia y en todos los continentes la devoción y la confianza en
el santo fraile del Gargano.
2. Pero, ¿cuál
es el secreto de tanta admiración y amor por este nuevo santo? Es, ante todo,
un "fraile del pueblo", característica tradicional de los capuchinos.
Además, es un santo taumaturgo, como testimonian los acontecimientos
extraordinarios que jalonan su vida. Pero el padre Pío es, sobre todo, un
religioso sinceramente enamorado de Cristo crucificado. Durante su vida
participó, también de modo físico, en el misterio de la cruz.
Solía unir la
gloria del Tabor al misterio de la Pasión, como leemos en una de sus
cartas: "Antes de exclamar también nosotros con san Pedro:
"Bueno es estar aquí", es necesario subir primero al Calvario, donde
no se ve más que muerte, clavos, espinas, sufrimiento, tinieblas
extraordinarias, abandonos y desmayos" (Epistolario III, p. 287).
El padre Pío
recorrió este camino de exigente ascesis espiritual en profunda comunión con la
Iglesia. Algunas incomprensiones momentáneas con diversas autoridades
eclesiales no alteraron su actitud de filial obediencia. El padre Pío fue, de
igual modo, fiel y valiente hijo de la Iglesia, siguiendo también en esto el
luminoso ejemplo del Poverello de Asís.
3. Este santo
capuchino, al que tantas personas se dirigen desde todos los rincones de la
tierra, nos indica los medios para alcanzar la santidad, que es el fin de
nuestra vida cristiana. ¡Cuántos fieles, de todas las condiciones sociales,
provenientes de los lugares más diversos y de las situaciones más difíciles,
acudían a él para consultarlo! A todos sabía ofrecer lo que más necesitaban, y
que a menudo buscaban casi a ciegas, sin tener plena conciencia de ello. Les
transmitía la palabra consoladora e iluminadora de Dios, permitiendo que cada
uno se beneficiara de las fuentes de la gracia mediante la dedicación asidua al
ministerio de la confesión y la celebración fervorosa de la Eucaristía.
A una de sus hijas
espirituales escribió: "No temas acercarte al altar del Señor para
saciarte con la carne del Cordero inmaculado, porque nadie reunirá mejor tu espíritu
que su rey, nada lo calentará mejor que su sol, y nada lo
aliviará mejor que su bálsamo" (ib., p. 944).
4. ¡La misa
del padre Pío! Era para los sacerdotes una elocuente llamada a la belleza de la
vocación presbiteral; para los religiosos y los laicos, que acudían a San
Giovanni Rotondo incluso en horas muy tempranas, era una extraordinaria
catequesis sobre el valor y la importancia del sacrificio eucarístico.
La santa misa era
el centro y la fuente de toda su espiritualidad: "En la misa -solía
decir- está todo el Calvario". Los fieles, que se congregaban en torno a
su altar, quedaban profundamente impresionados por la intensidad de su
"inmersión" en el Misterio, y percibían que "el padre"
participaba personalmente en los sufrimientos del Redentor.
5. San Pío de
Pietrelcina se presenta así ante todos -sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos- como un testigo creíble de Cristo y de su Evangelio. Su ejemplo y su
intercesión impulsan a cada uno a un amor cada vez mayor a Dios y a la
solidaridad concreta con el prójimo, especialmente con el más necesitado.
Que la Virgen
María, a la que el padre Pío invocaba con el hermoso título de "Santa
María de las Gracias", nos ayude a seguir las huellas de este religioso
tan amado por la gente.
Con este deseo, os
bendigo de corazón a vosotros, aquí presentes, a vuestros seres queridos y a
cuantos se esfuerzan por seguir el camino espiritual del querido santo de
Pietrelcina.
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