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Algo que hace falta al hombre contemporáneo... La Alegría. "Ese silencio que es la mano de Dios escribiendo en nuestra alma esa palabra olvidada del mundo que se llama alegria" Del Pregón de la Semana Santa Sevillana -1956- de D. Antonio Rodriguez Buzón

El hombre del Siglo XXI tiene a su alcance todo, o casi todo lo que el hombre de 1900 gustaría de tener en materia de avance científico, tecnológico y mecánico. Se diría que hemos llegado a un nivel en donde la felicidad nos rodea. Y con la felicidad que la ciencia trae, debía llegar la Alegría. Imaginemos un turista que quiere mandar a sus amigos las impresiones del viaje. ¿Cómo no ser y estar alegres, cuándo en menos de un segundo, nuestro mensaje escrito en La Coruña lo recibe en Bangladesh un amigo que lo reenvía a Los Ángeles, con copia a París y copia oculta a Sidney y Sao Paulo?. ¿Cómo no estar alegres cuando con la misma moneda compramos un par de zapatos en Lisboa, una camisa en Paris, una botella de Vino del Rhin en Múnich y pagamos una pizza en Roma y unas tapas en Zaragoza? y todo ello sin haber pasado ningún control fronterizo. Y eso sin pensar en la alegría que tiene el vecino que se va a Miami, visita Disneyworld y llega a contemplar los rascacielos de New York, que indican bien hasta donde llegó la tecnología y el avance de la ciencia. Al regresar a su casa, nuestro viajero se pregunta y después de todo lo que he visto, ¿por qué no hay más alegría a mi alrededor?. La alegría ¿ no debería ser la nota dominante de este inicio de siglo?. Y mientras toma una copa de jerez, nuestro amigo reflexiona un poco. Y se recuerda de la frase de Rodríguez Buzón en su celebre Pregón del año 56: "esa palabra olvidada del mundo que se llama alegría". Pero ¿cómo puede ser olvidada del mundo una palabra que todo el mundo quiere tener?. Entonces, ¿qué falta a mi alrededor para que exista verdadera alegría?. Y después de pensar un poco, llega a la conclusión de que falta a muchos, la experiencia de que existe Alguien con A mayúscula que está dispuesto siempre a acompañarnos, para que llevemos algo, que por increíble que parezca nos da la verdadera alegría: la Cruz. Sin saber llevar bien la Cruz, no hay verdadera alegría. Parece una contradicción. Y no lo es. Veamos. En el cumplimiento exacto del deber, en el cumplimiento de los mandamientos, en esa actitud de amor de Dios, encontramos la verdadera Paz del alma, y por tanto la verdadera alegría. "Esa alegría que el mundo desconoce y por eso no la puede ofrecer. Es la alegría celestial, inefable y divina que reconfortó a los propios apóstoles, a las vírgenes, los confesores, los mártires a lo largo de sus tormentos y en la muerte, a los penitentes en sus ayunos y austeridades", en palabras de Mons. Joao S. Clá, E.P. La alegría la ha comentado de manera espléndida el Papa Benedicto XVI el 17 de diciembre del 2006: "En este tercer domingo de Adviento la liturgia nos invita a la alegría del espíritu. Lo hace con la célebre antífona que recoge una exhortación del apóstol san Pablo: "Gaudete in Domino", "Alegraos siempre en el Señor (...). El Señor está cerca" (cf. Flp 4, 4-5). También la primera lectura bíblica de la misa es una invitación a la alegría. El profeta Sofonías, al final del siglo VII antes de Cristo, se dirige a la ciudad de Jerusalén y a su población con estas palabras: "Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, hija de Jerusalén. (...) El Señor tu Dios está en medio de ti como poderoso salvador" (So 3, 14. 17). A Dios mismo lo representa el profeta con sentimientos análogos: "Él se goza y se complace en ti, te renovará con su amor, exultará sobre ti con júbilo, como en los días de fiesta" (So 3, 17-18). Esta promesa se realizó plenamente en el misterio de la Navidad, y que es necesario renovar en el "hoy" de nuestra vida y de la historia. La alegría que la liturgia suscita en el corazón de los cristianos no está reservada sólo a nosotros: es un anuncio profético destinado a toda la humanidad y de modo particular a los más pobres, en este caso a los más pobres en alegría. Pensemos en los numerosos enfermos y en las personas solas que, además de experimentar sufrimientos físicos, sufren también en el espíritu, porque a menudo se sienten abandonados: ¿cómo compartir con ellos la alegría sin faltarles al respeto en su sufrimiento? Pero pensemos también en quienes han perdido el sentido de la verdadera alegría, especialmente si son jóvenes, y la buscan en vano donde es imposible encontrarla: en la carrera exasperada hacia la autoafirmación y el éxito, en las falsas diversiones, en el consumismo, en los momentos de embriaguez, en los paraísos artificiales de la droga y de cualquier otra forma de alienación. No podemos menos de confrontar la liturgia de hoy y su "Alegraos" con estas realidades dramáticas. Como en tiempos del profeta Sofonías, la palabra del Señor se dirige de modo privilegiado precisamente a quienes soportan pruebas, a los "heridos de la vida y huérfanos de alegría". La invitación a la alegría no es un mensaje alienante, ni un estéril paliativo, sino más bien una profecía de salvación, una llamada a un rescate que parte de la renovación interior. Para transformar el mundo Dios eligió a una humilde joven de una aldea de Galilea, María de Nazaret, y le dirigió este saludo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". Como dice el Papa en esas palabras está el secreto de la auténtica felicidad. "Dios las repite a la Iglesia, a cada uno de nosotros: "Alegraos, el Señor está cerca". Con la ayuda de María, entreguémonos nosotros mismos, con humildad y valentía, para que el mundo acoja a Cristo, que es el manantial de la verdadera alegría". Y así la palabra alegría, dejará de ser esa palabra olvidada del mundo....
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