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Queridos hermanos y hermanas en el Señor. “Cristo ha resucitado, aleluya”. Con estas palabras les saludo con gran afecto. Agradezco al Patriarca Fouad Twal por sus palabras de bienvenida en nombre de ustedes, y ante todo, expreso también mi alegría de estar aquí para celebrar esta Eucaristía con ustedes, Iglesia en Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y por el deseo de que ésta pudiera conocer “el camino de la paz” (cfr Lc 19,42), aquí donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus discípulos y a nosotros. 
Acojamos hoy esta bendición. Él la dona de manera especial a ustedes, queridos hermanos y hermanas, que están unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que encontraron al Señor Resucitado en el partir el pan, que experimentaron la efusión del Espíritu Santo en el cenáculo, que fueron convertidos por la predicación de San Pedro y de los otros apóstoles. Mis saludos los dirijo también a todos los presentes, y de modo especial a aquellos fieles de la Tierra Santa que por varias razones no han podido estar aquí hoy con nosotros.
Como sucesor de San Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al Señor Resucitado en medio de ustedes, para confirmarlos en la fe de sus padres e invocar sobre ustedes el consuelo que es el don del Paráclito. Encontrándome ante ustedes hoy, deseo reconocer las dificultades, la frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de ustedes han soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido estas tierras, y también las amargas experiencias de desplazamientos que muchas de sus familias han conocido y – Dios no lo permita- pueden aún conocer. Espero que mi presencia aquí sea un signo de que ustedes no son olvidados, que su perseverante presencia y testimonio son de hecho preciosos a los ojos de Dios y son una parte del futuro de estas tierras. Justamente a causa de sus profundas raíces en estos lugares, su antigua y fuerte cultura cristiana y su perdurable confianza en las promesas de Dios, ustedes Cristianos de Tierra Santa, están llamados a servir no sólo como un faro de fe para la iglesia universal, sino también como levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y continúa siendo, pluralista, multiétnica y multireligiosa.
En la segunda lectura de hoy, el Apóstol Pablo pide a los Colosenses que “busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1). Estas palabras resuenan con particular fuerza aquí, bajo el Jardín del Getsemaní, donde Jesús aceptó el cáliz del sufrimiento en completa obediencia a la voluntad del Padre y donde según la tradición, ascendió a la derecha del Padre para interceder continuamente por nosotros, miembros de su Cuerpo. San Pablo, el gran heraldo de la esperanza cristiana, conoció el precio de ésta esperanza, su costo en sufrimiento y persecución por amor al Evangelio, y nunca vaciló en su convicción de que la resurrección de Cristo era el comienzo de la nueva creación. Como él nos dice a nosotros: “Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria” (Col 3,4)!
La exhortación de pablo de “buscar los bienes del cielo” debe continuamente resonar en nuestros corazones. Sus palabras nos indican el cumplimiento de la visión de fe en esa celeste Jerusalén donde, en conformidad con las antiguas profecías, Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y preparará un banquete de salvación para todos los pueblos” (cfr Is 25,6-8; Hc 21,2-4).
Ésta es la esperanza, esta es la visión que impulsa a todos aquellos que amamos esta Jerusalén terrestre a verla como una profecía y una promesa de aquella reconciliación universal y paz que Dios desea para toda la familia humana. Lamentablemente, bajo los muros de esta misma Ciudad, somos también llevados a considerar cuán lejos esta nuestro mundo del cumplimiento de aquella profecía y promesa. En esta Ciudad Santa donde la vida ha vencido a la muerte, donde el Espíritu ha sido infundido como primer fruto de la nueva creación, la esperanza continua combatiendo la desesperación, la frustración y el cinismo, mientras la paz, que es don y llamada de Dios, continua siendo amenazada por el egoísmo, por el conflicto, por la división y por el peso de las ofensas del pasado. Por esta razón, la comunidad cristiana en esta Ciudad que ha visto la resurrección de Cristo y la efusión del Espíritu debe hacer todo lo posible por conservar la esperanza donada por el Evangelio, teniendo en cuenta el precio de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, testimoniando la fuerza del perdón y manifestando la naturaleza más profunda de la Iglesia como signo y sacramento de una humanidad reconciliada, renovada y hecha uno en Cristo, el nuevo Adán.
Reunidos bajo los muros de esta ciudad, sagrada para los seguidores de las tres grandes religiones, ¿cómo no podemos dirigir nuestros pensamientos a la universal vocación de Jerusalén? Anunciada por los profetas, esta vocación aparece como un hecho indiscutible, una realidad irrevocable fundada en la historia compleja de esta ciudad y de su pueblo. Judíos, Musulmanes y Cristianos califican juntos esta ciudad como su patria espiritual. ¡Cuánto se necesita hacer todavía para convertirla verdaderamente en una “ciudad de la paz” para todos los pueblos, donde todos puedan venir en peregrinación en la búsqueda de Dios, y escuchar su voz, “una voz que habla de paz” (cf. Sal 85,8)!
Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta Ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los otros, el diálogo y la mutua compresión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz. No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia –se califiquen como Judíos, Cristianos o Musulmanes-, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por cuanto pueda ser lento el proceso y grave el peso de los recuerdos pasados.
Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad –que no puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos que aman esta Ciudad y esta tierra- de la partida de numerosos miembros de la comunidad cristiana en los tiempos recientes. Si bien razones comprensibles llevan a muchos, especialmente jóvenes, a emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir cuanto he dicho en otras ocasiones: ¡en la Tierra Santa hay lugar para todos! Mientras exhorto a las autoridades a respetar y sostener la presencia cristiana aquí, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y el sostén de toda la Iglesia y de la Santa Sede.
Queridos amigos, en el Evangelio que apenas hemos escuchado, San Pedro y San Juan corren hacia la tumba vacía, y Juan nos ha dicho, “él vio y creyó”(Jn 20,8). Aquí en tierra Santa, con los ojos de la fe, ustedes junto a los peregrinos de todas partes del mundo que llenan las iglesias y los santuarios, son bendecidos al ver los lugares santificados por la presencia de Cristo, por su ministerio terreno, por su pasión, muerte y resurrección y por el don de su Santo Espíritu. Aquí como al apóstol Tomás, les es concedida la oportunidad de “tocar” las realidades históricas que están en la base de nuestra confesión de fe en el Hijo de Dios. Mi oración por ustedes hoy es que continúen, día a día, a “ver y creer” en los signos de la providencia de Dios de su inagotable misericordia, a “escuchar” con renovada fe y esperanza, las consoladoras palabras de la predicación apostólica y a “tocar” las fuentes de la gracia de los sacramentos y encarnar por los otros la promesa de nuevos inicios, la libertad nacida del perdón, la luz interior y la paz que pueden llevar salvación y esperanza también en las más oscuras realidades humanas.
En la iglesia del Santo sepulcro, los peregrinos de cada siglo han venerado la piedra que la tradición nos dice que estaba en la entrada de la tumba la mañana de la resurrección de Cristo. Regresemos frecuentemente a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la vida, y oremos para que cada “piedra pesada” colocada en la puerta de nuestros corazones, bloqueando nuestra completa entrega al Señor en la fe, a la esperanza y el amor por el Señor, pueda ser eliminada por la fuerza de la luz y de la vida que, desde el amanecer de la pascua, resplandecen desde Jerusalén sobre todo el mundo. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado, Aleluya!
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