La fiesta
de la epifanía es la fiesta de la manifestación de Jesús a todos los hombres.
Hemos celebrado el misterio de la Encarnación, que ha tenido su sensibilización
en el nacimiento de Jesús según la carne en Belén. En este gran misterio,
oculto desde la eternidad y revelado por Dios en los últimos tiempos (cf. Col
1,26), nos asombra la colaboración de María, la madre virgen, que acoge en su
seno virginal y da a luz a nuestro Señor Jesucristo. Una mujer, una madre, una
virgen, que tiene un papel central en el misterio de la redención, y de la que
todos tenemos mucho que aprender.
Terminadas las fiestas de Navidad y año nuevo,
tradicionalmente entre nosotros se habla de la “cuesta de enero”. Este año que
acabamos de comenzar se presenta, desde luego, como un año difícil, en gran medida
por la crisis persistente por la que estamos pasando.
No pretendo, en estas breves líneas,
insinuar un diagnóstico de la situación, que se reconoce que es extremadamente
compleja. Mi intención es más modesta: deducir de la situación presente algunos
puntos que puedan iluminar la conciencia de los cristianos en esta hora.
Un año más recibo la felicitación
del Clero con motivo de las fiestas de la Natividad de Cristo ya cercanas.
Quiero responder a las palabras de felicitación que ha pronunciado el Sr.
Vicario general en nombre de todo el Clero y que agradezco de corazón, con el
mismo y sincero afecto, expresión de nuestra fraternidad en Cristo, llamados al
ministerio pastoral sin mérito alguno nuestro y para edificación de la
comunidad eclesial que es su Cuerpo místico. En la comunidad eclesial hemos
sido “tomados de entre los hombres” para ser servidores de nuestros
hermanos y, como tales, hemos sido hechos partícipes del sacerdocio de Cristo “a
favor de los hombresen lo que se
refiere a Dios” (Hb 5,1).
En esta
nueva Navidad, siento la necesidad de pedir al Señor que nos ayude a vivirla en
sintonía con las Prioridades Diocesanas que nos hemos marcado, después del
conveniente discernimiento hecho entre todos y para el bien de todo el mundo:
activar la Iniciación Cristiana en una época de increencia, y favorecer una
mejor Presencia de Iglesia en el mundo
Nosotros lo
anunciamos y lo celebramos como la GRAN NOTICIA: DIOS SE HA HECHO HOMBRE. El
amor gratuito de Dios, que no busca nada más que el bien de aquellos a quienes
ama, se ha manifestado en nuestra historia y permanece activo desde aquella
primera Navidad.
En nuestros días, desde todos los rincones
del mundo, siguen llegando noticias de conflictos violentos y de
enfrentamientos armados. La construcción de una paz estable sigue estando
amenazada por las acciones terroristas, por el fanatismo religioso, por la
falta de respeto a la dignidad de la persona y por la actuación violenta de
quienes pretenden imponer las propias convicciones por la fuerza.
En todos
estos casos, algunos gobernantes tienen su parte de responsabilidad al provocar
la violencia con sus decisiones o al no tender la mano a sus adversarios
políticos para poner fin a la misma.
1. Como ves, estás muy bien acompañado. Todos estos están felices
de poder participar en tu ordenación de diácono, pero también vienen a celebrar
la fiesta de la
Sagrada Familia. Fuimos muy conscientes al elegir esta
celebración litúrgica como el día de tu ordenación; y la razón era obvia: el
misterio de tu vida tiene siempre como fondo a la familia: la familia que es
fuente de todos los dones, la del Dios Trinidad; el seno familiar en el que has
nacido, has crecido y te has criado; y la familia cristiana en la que has
recibido y vivido la fe. Hoy,
en efecto, celebramos la fiesta de la Familia que es modelo de todas las
familias, por ser “hogar de amor, oración y trabajo”, como la definió el Papa
Benedicto en Barcelona.
El primer día del año
la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Paz, instaurada por Pablo VI como
fruto del Concilio Vaticano II. Para esta jornada de hoy, que es la que hace ya
el número 45, el Santo Padre ha elegido este tema: “Educar a los jóvenes en la
justicia y la paz”.
Se dice a menudo que
los jóvenes son la esperanza del mundo y también la esperanza de la Iglesia. No
es nada fácil concretar esta afirmación pensando en los jóvenes actuales y en
los retos que se les plantean en nuestra sociedad. Uno de ellos es el gravísimo
problema del paro juvenil, que ha alcanzado unas cifras que nos avergüenzan
como adultos de una sociedad tan injusta con sus miembros más jóvenes.
La memoria revive los acontecimientos
pasados. Hoy celebramos la traslación de los restos mortales del Apóstol
Santiago el Mayor, en torno a cuya tumba se construyó nuestra Catedral cuyo
VIII Centenario de la
Consagración hemos conmemorado.
Esta
efemérides ha sido significativa para la comunidad diocesana, para la ciudad en
la que se asienta la “Iglesia madre” de la Diócesis, y para toda la Iglesia que considera
nuestra Catedral como maestra cuando explica la fe a través del Pórtico de la Gloria,
como hospitalera cuando acoge al peregrino cansado por los agobios y las
incertidumbres de la vida, y como guardiana que vela ante la tumba del Apóstol
Santiago el Mayor.
Año
nuevo, vida nueva. Esta afirmación de nuestro refranero, lo mismo puede ser un
tópico, que un deseo e incluso un proyecto. Yo me quedo con esto último para
nuestra diócesis. Por eso, en esta breve carta me propongo recoger las cosas
más importantes que nos van a ocupar a lo largo del año 2012, en lo más
específico de nuestra misión como Iglesia.
No
es que no nos interesen otros asuntos, sobre todo, aquellos que afectan a los
pobres, a los jóvenes, a las familias y a los mayores. Pero con los asuntos
pastorales que ahora os relataré, queremos cubrir de criterios de fe toda
nuestra visión de la
realidad. En efecto, somos conscientes de que, si
evangelizamos, lo hacemos para el hombre concreto, con lo que le preocupa y le
afana y, por eso también nos preocupa a nosotros.