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Mártires del Siglo XX en España

Beatificación Mártires Siglo XX – homilía en las solemnes vísperas del sábado 12 de octubre

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Celebramos las primeras Vísperas del Domingo. Y el domingo, dice San Jerónimo, es «el día de la resurrección, el día de los cristianos, nuestro día»[1]. El Señor en el atardecer del viernes santo murió con los salmos de su pueblo en los labios e introdujo «en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales. El mismo une a sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 83). Ofrezcamos con gozo el sacrificio vespertino, unidos al Señor Jesús.

El diumenge resplendeix més que no pas els altres dies, però aquest diumenge la glòria del Senyor resplendeix d’una manera especial en els seus màrtirs. Ells ennobleixen les santes Esglésies del Senyor. Els màrtirs manifesten el poder de la gràcia del Senyor i la presència de l’Esperit Sant, ja que ningú no pot dir que Jesús és el Senyor si no és per do de l’Esperit Sant (cf. 1Co 12,3). Ells són els testimonis del Senyor. I el seu martiri és «lloança i glòria de la gràcia» (Ef 1,6). Així van glorificar el Rei dels màrtirs, ja que ell [el Senyor] és la causa i el fonament del martiri cristià. Ell és «el testimoni fidel» (Ap 1,5). La seva vida i la seva mort són un pregó de Pasqua perquè «en el natalici dels sants, l’Església proclama el misteri pasqual en els sants que han sofert amb Crist i han estat glorificats amb ell» (Concili Vaticà II, Sacrosanctum Concilium, n. 104).

Esta Iglesia de Tarragona, ecclesia Pauli, sedes Fructuosi os recibe con afecto y alegría y os da a todos el ósculo de la paz y de la comunión.

Saludo en primer lugar al Sr. Cardenal Angelo Amato que mañana, en nombre del Santo Padre Francisco, proclamará la bienaventuranza de esta multitud tan grande de hermanos. Saludo a los señores cardenales, a mis hermanos obispos. También a vosotros queridos sacerdotes y diáconos. A vosotros queridos hermanos y hermanas religiosos, gozosos por la glorificación de vuestros hermanos y hermanas. A todo el pueblo santo de Dios que con alegría y gozo venera y celebra la gloria de los mártires. Paz a todos. Alegrémonos todo en el Señor y que el gesto del venerable y antiguo Lucernario sea elocuente: ¡Lumen Christi cum pace! Irradiemos, hermanos y hermanas, esta luz portadora de la paz. La paz gozosa de los discípulos de Cristo, que el mismo nos ha regalado y que nada ni nadie nos puede quitar.

La glorificación de nuestros hermanos y hermanas, como escribí en mi carta pastoral, no se hace en contra de nadie ni tampoco a favor de nadie. Los mártires son del Señor, pertenecen a la victoria del Señor, no a la de los hombres. Son un anuncio de paz y de reconciliación. Es simplemente la Iglesia que retomando la tradición desde los primeros siglos no puede olvidar a aquellos que murieron por causa del Señor y del evangelio. Ellos escribieron el libro de la Verdad rubricado con sangre. Son los que siguieron al Señor imitándole. Como hemos escuchado en el cántico de estas vísperas: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas” (1P 2,2).

Cuando mañana nuestros mártires sean beatificados en la liturgia dominical nadie de nosotros experimentará ni un ápice de resentimiento hacia aquellos que los persiguieron. Ni tampoco la satisfacción de haber cumplido con un acto de justicia histórica, a la manera del mundo. ¿Como no vamos a perdonar si todos ellos murieron, a imitación del Señor, con palabras de perdón en sus labios? El primer fruto, diría, la primera gracia de los nuevos mártires, será la gracia del perdón y de la reconciliación. El Señor redime siempre toda la historia y ellos, los mártires, redimían con su inmolación silenciosa, aquella historia de muerte, vergonzante. El Señor mira con compasión un bando y el otro, el Señor mira con compasión tanto los verdugos como los que murieron. La última mirada de los mártires fue ésta: una mirada que perdonaba. Sea ésta también nuestra mirada.

El martirio es la expresión más perfecta de la fe, de la esperanza y de la caridad. El mártir en su entrega total a Dios ama el Señor de la forma más intensa y posible, con un corazón entero y como lo único necesario. Experimenta y acepta humildemente su total impotencia y la necesidad absoluta de estar sostenido por la gracia, obedece hasta el fondo la voluntad de Dios y se deja libremente despojar de todo lo que poseía en la tierra, incluso de la propia vida, participando así de la extrema pobreza de Cristo en la cruz.

Evocamos, pues, con un inmenso amor y ternura las biografías de nuestros mártires. Todos eran hombres y mujeres de Dios, los cuáles in sanguine «lavaban sus vestidos en la sangre del Cordero». Primero a nuestros hermanos obispos de Lleida, Salvi Huix, el obispo de Jaén, Manuel Basulto y nuestro amado Manuel Borràs, obispo auxiliar de esta archidiócesis, y tantos hermanos sacerdotes que vivieron su martirio como la última eucaristía, ofrecida no en el sacramento, sino en su propia persona. De alguna manera se puede decir que ellos recibieron el martirio in persona Christi por la gracia que habían recibido en la ordenación sacerdotal.

También a nuestros hermanos religiosos y religiosas que llevaron a plenitud el propio carisma y rubricaron su acta de profesión con su propia sangre. Ellos proclaman hasta qué punto cada carisma de la vida religiosa puede ser vivido hasta el extremo de dar la vida.

También los siete laicos mártires, dignos representantes del pueblo santo del Señor. Como dice el prefacio de los santos: «al coronar sus méritos, coronas tu propia gloria».

És propi dels cristians deixar el passat; ells han estat glorificats i el meu antecessor en aquesta seu, el venerat cardenalFrancesc d’Assís Vidal i Barraquer, des de l’exili, amb una tristesa i convicció profundes, escriu: «Em consola que a ells no els va faltar la misericòrdia del Senyor.» Ells viuen en Crist i en la comunió dels sants intercedeixen per nosaltres, i «la seva mort fou un guany». A nosaltres ens toca viure el present, un present que per als cristians és sempre hora de gràcia.

Pongámonos en sintonía y obediencia con el Santo Padre Francisco. El de manera insistente nos dice que una Iglesia autorreferencial no es lo propio de la Iglesia del Señor. Ciertamente no es la Iglesia que glorifica a sus santos. ¡Es el Señor quien lo hace! Ni un atisbo de autoglorificación debe estar presente este domingo entre nosotros. Debemos ser Iglesia queparticipa en la misión y en la obediencia del Hijo que con la fuerza del Espíritu Santo sale de sí misma y quiere ser irradiación de la luz del Señor de la gloria, que destruye y desenmascara todas las oscuridades del mundo. Y sale humildemente al encuentro de una sociedad donde los hombres necesitan del Amor más grande, donde los pobres deben ser amados y la Iglesia debe ser en medio de ella un canto a la vida, puesto que el cristianismo es una afirmación de Vida. Un anuncio del amor salvador, desde la convicción de que no hay ninguna existencia humana que no sea amada por Dios.

Y, por otra parte, nuestros mártires no se avergonzaron ni de su bautismo, ni de su condición sacerdotal ni de su consagración religiosa ni de ser cristianos, católicos. En un momento límite no escondieren ni renegaron de su condición. Pido al Señor, a través de la intercesión de nuestros mártires, que nuestros cristianos salgan de todo anonimato, que no escondan el tesoro de la fe, sean luz en el celemín para iluminar a todos. ¡Nunca jamás una actitud vergonzante de la fe! ¡El mundo necesita estos cristianos! “El mundo necesita evangelizadores, no tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino servidores del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo”[2].

Quien expresa mejor que nadie nuestros sentimientos es la Bienaventurada Virgen María. Ella es la solista del pueblo de Dios. Ella da alma y canto a la Iglesia y es ella que ahora nos hará cantar en el Magnificat: «El Señor se ha acordado de Abraham y su descendencia para siempre». Sí, la misericordia del Señor acompañó a nuestros mártires en la hora oscura del día de su martirio y les concedió vislumbrar el amanecer del Día de la resurrección. El Señor nos acompaña a nosotros. Él que siempre «lleva a su Iglesia a la perfección por la caridad». El Señor acompañará a los que después de nosotros vendrán y creerán en Cristo. Es el misterio de la Iglesia, terrena y celeste, gloriosa y peregrina. Los santos son las primicias de la Jerusalén celeste. Es la comunión eclesial, es el misterio de Pentecostés: «Un solo señor, una sola fe, un solo Dios y Padre». Los mártires nos ayudan a vivir esta comunión eclesial. Alegrémonos en el Señor y como decía el santo obispo de Tarragona Fructuoso momentos antes de su cruel martirio el 21 de enero del 259: «Nunca os van a faltar ni la misericordia ni la promesa del Señor en este mundo y en el otro». Así sea.

+ Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado

Tarragona, 12.10.2013

 


[1] In die dominica paschae, CCL 78 (1958) 550

[2] Pablo VI, Exhort, ap. Sinodal, Evangelii nuntiandi, 80

 

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